École normale supérieure LSH (Lyon)
Études hispanophones et lusophones
Cours de M. Carlos Heusch
HISTOIRE LITTƒRAIRE DU MOYEN åGE
[apuntes en complemento de las clases]
(siglos 14 y 15)
EVOLUCIîN DE LA PROSA MEDIEVAL
HASTA EL SIGLO 15
APARICIîN DE LA FICCIîN
SENTIMENTAL
Importancia de la poes’a de cancionero
Otras fuentes de la ficci—n sentimental
Caracter’sticas de la ficci—n
sentimental
Juan Rodr’guez del Padr—n y la primera
generaci—n de autores sentimentales
En la prosa medieval castellana debemos destacar 3 grandes gŽneros:
a)
Literatura sapiencial y
did‡ctica => ense–ar;
b) Literatura cron’stica (historiograf’a) => ejercer un
poder;
c)
Literatura de aventuras: viajes
y aventuras caballerescas => entretener.
ÀC—mo evolucionan cada uno de estos gŽneros?
a) Hacia la tratad’stica moral y la predicaci—n (tratados te—ricos en relaci—n con las ense–anzas universitarias que de pronto interesan a un pœblico de legos: Visi—n deleitable, Corbacho, obras de fil—sofos...). Pero tambiŽn evoluciona hacia la cuent’stica: colecciones de cuentos, f‡bulas, sentenciaros... (ver el libro de Marta Haro, Literatura de Castigos en la Edad Media, Arcadia de las Letras, 2003).
b) Continuaci—n de la obra historiogr‡fica alfons’ en el siglo 14: derivaciones de la Estoria de Espa–a (son las "cr—nicas generales" segœn la terminolog’a de MenŽndez Pidal: Segunda cr—nica general, Tercera cr—nica general, etc.): Cr—nica de veinte reyes, Cr—nica de Castilla, Cr—nica de 1344, Cr—nica de 1404... Adem‡s, pervive y se afirma el concepto de "cr—nica real" con las diferentes cr—nicas sobre el reinado de Alfonso XI, las 4 cr—nicas de Pero L—pez de Ayala (1332-1406) sobre Pedro I, Enrique II, Juan I y Enrique III, las cr—nicas sobre Juan II (Cr—nica del Halconero, "cr—nica" de Alvar Garc’a de Santamar’a...) y las diferentes cr—nicas sobre Enrique IV. Las novedades del siglo 15 en el ‡mbito historiogr‡fico estriban en los siguientes puntos:
1. Mezcla de historia y ficci—n: Cr—nica sarracina de Pedro de Corral (ca 1430), sobre el rey Rodrigo y las aventuras del joven Pelayo. Un gran sector de los intelectuales coet‡neos considerar‡n esta obra como indigna de pertenecer a la disciplina hist—rica a causa de su gran ficcionalizaci—n (cf. Los juicios muy severos de Alonso de Cartagena y Fern‡n PŽrez de Guzm‡n).
2. Desarrollo fulgurante de la llamada "cr—nica particular": se inicia el gŽnero con el Victorial (redactado entre 1432 y 1447) que, en un mar de muchas historias (contiene tambiŽn leyendas y ficciones), se cuentan los episodios principales de la vida del caballero castellano Pero Ni–o con la intenci—n de hacer de Žl el parang—n de la perfecta caballer’a. Le sigue la Cr—nica de don çlvaro de Luna (sin duda de Gonzalo Chac—n) y los Hechos del condestable don Miguel Lucas de Iranzo.
3. Desarrollo de las biograf’as: Generaciones y semblanzas de F. PŽrez de Guzm‡n y, m‡s tarde, los Claros varones de Espa–a de F. del Pulgar.
c) El siglo 14 es el momento del desarrollo de la literatura de ficci—n caballeresca que pasa a ser la principal literatura de entretenimiento entre los c’rculos cortesanos. Se trata de una novedad pues, curiosamente, a pesar de que algo sab’an los castellanos, en Žpocas anteriores, sobre los grandes personajes de la literatura caballeresca europea (se conocen al menos los principales nombre artœricos), no parece que haya habido la menor presencia de textos de dicha literatura. Podemos suponer una transmisi—n oral y aun juglaresca de las principales leyendas que recorr’an ya la mayor parte de las naciones de Europa. La situaci—n cambia por completo al iniciarse el siglo 14, es decir en el marco hist—rico de las regencias de Mar’a de Molina. Sin osar recurrir al concepto excesivamente moderno de propaganda, parece que durante los reinados de Fernando IV y Alfonso XI se pudo recurrir a las diferentes manifestaciones de la "cultura cortŽs" tra’da de Francia y de la Inglaterra de los Plantagen�t para plasmar un modelo pol’tico basado en la supremac’a de la monarqu’a sobre la nobleza y sobre la necesidad de dotar a los grupos armados de la sociedad (esencialmente la aristocracia) de una nueva Žtica capaz de, a la larga, reducir dichos grupos a la obediencia pol’tica. Efectivamente, la precoz muerte de Sancho IV, en 1295, inaugura ese "tiempo que es turbio", en expresi—n de Juan Manuel, es decir un per’odo de unos 30 a–os durante los cuales Castilla ha de afrontar una debilitaci—n m‡xima del poder regio (a causa de las minor’as de Fernando IV y Alfonso XI), un poder regio cuya œnica representaci—n se halla en la persona de la reina y regente Mar’a de Molina, esposa de Sancho IV, madre de Fernando IV y abuela de Alfonso XI. En este contexto, la aristocracia militar pr—xima a la casa real (que encarna perfectamente un Juan Manuel) se autodefine como un "tercer poder" susceptible, por tratarse de un brazo armado, de sustituirse al poder temporal de la corona tras producirse lo que se considera como un "vac’o de poder" ya que Žste se halla entre las manos de un ser -una mujer- despose’do de la realidad militar del poder (esta situaci—n quedar‡ reflejada en obras literarias en que reinos sin verdadero rey y/o en una situaci—n provisional asumida por una mujer han de ser salvados por un hŽroe caballeresco : cf. Zifar o Amad’s por no citar m‡s que las obras aut—ctonas). Pero si la realidad del poder reside en las armas, como lo piensa dicha aristocracia militar, sin que ningœn poder trascendente pueda detener a ese poder, ello significa tambiŽn que la pr‡ctica pol’tica no puede sino desembocar en la violencia. El inicio del siglo xiv es para Castilla uno de los momentos ‡lgidos de lo que se ha venido a llamar "la violencia nobiliaria": grupos armados ejercen su violencia no s—lo sobre sus rivales sino tambiŽn sobre los inermes : labradores, clŽrigos... El problema por lo tanto no es s—lo pol’tico, ideol—gico, es tambiŽn social. Una reacci—n se hace indispensable y Žsta solo puede emanar de la corona, es decir de Mar’a de Molina. AmŽn de una serie de medidas concretas para frenar las violencias nobiliarias, se hace patente la necesidad de una reacci—n a largo plazo. Esta vendr‡ de la mano de la pol’tica cultural impulsada por la reina y sus descendientes, Fernando IV y, sobre todo, Alfonso XI : se trata de fabricar unos modelos culturales nuevos, susceptibles de infundir la idea de una monarqu’a tanto m‡s fuerte cuanto que Žsta se apoya en el grupo de los "caballeros", no en el de los nobles, no en la familia real, sino en unos caballeros cuyos or’genes importan poco porque la ligaz—n con el orden pol’tico que encarna el rey no es de ’ndole familiar o vasall‡tica (modelo feudal) sino el resultado de la uni—n simb—lica trascendente entre la realeza, como instituci—n y la orden de caballer’a, como aplicaci—n inalterable de una regla. El v’nculo entre el rey y el caballero habr‡ de descansar en la definici—n misma de la orden de caballer’a. Y, en este sentido, las Partidas consiguen lo que no consegu’a el EspŽculo cuando se refiere a esos "mesnaderos" que son vasallos del rey, que es crear un v’nculo de natura entre la realeza y la caballer’a. Entre esos a–os 1302-1332, que es cuando se va a impulsar esta "pedagog’a" pol’tica a la que me refiero, no se escatimar‡n medios para inscribir en la "letra" lo que ha de ser y lo que no ha de ser un reino; c—mo han de comportarse y c—mo no han de comportarse sus miembros. Ese ser‡ uno de los primeros cometidos de la historiograf’a del momento, la Cr—nica de tres reyes, totalmente controlada por Mar’a de Molina, de mano de Ferr‡n S‡nchez de Valladolid, que no s—lo sirve de testimonio a contrario sino que es, asimismo, ocasi—n para la exposici—n pol’tica. Pero, quŽ duda cabe que una escritura cron’stica tan orientada juega con las cartas hacia arriba, sin esconder nada. Se precisaba un juego mucho m‡s sutil que provocase de manera casi involuntaria la adhesi—n ideol—gica del receptor. Ese juego es el que los letrados allegados a la realeza van a buscar en los modelos literarios franceses. La funci—n a penas solapada de su introducci—n consciente y estudiada en Castilla era la de hacer que la caballer’a castellana, hasta ese momento desprovista de una ideolog’a espec’fica, hiciera suyos la representaci—n simb—lica, los preceptos y las misiones de la caballer’a cortŽs, con todas las implicaciones pol’ticas que semejante adquisici—n deb’a acarrear (regalismo) y, al mismo tiempo, rechazara, por principio, todas las formas de violencia e injusticia relacionadas con un uso irracional, pasional, es decir ego’sta, de la fuerza armada. Esa doble vertiente, adquisici—n de un modelo y rechazo de un contra-modelo caballerescos, constituye lo esencial de esa pedagog’a caballeresca que los diferentes monarcas intentan erigir en una norma voluntariamente aceptada por todos los lectores a travŽs del "placer literario" que dichas obras deb’an suscitar. Dicha empresa pedag—gico-pol’tica tiene una de sus primeras manifestaciones en una serie de obras de los primeros lustros del siglo xiv que han sido recopiladas en un c—dice singular conservado hoy en la Biblioteca del Monasterio del Escorial con la signatura h-i-13. En palabras de G—mez Moreno, dicho c—dice es un "magn’fico testimonio del ‡mbito de expectativas impulsado por la reina do–a Mar’a (1342). Lo curioso es que el punto de partida de la ficci—n caballeresca sea precisamente semejante confluencia entre los mitos literarios caballerescos y el imaginario propio del cristianismo es decir el de las vitae y la mariolog’a que es lo que conforta el modelo hagiogr‡fico. En otras palabras, la ficci—n caballeresca irrumpe en las escena cortesana a partir de una adecuaci—n al ‡mbito caballeresco del modelo hagiogr‡fico. En realidad no se trata de una novedad pues el casi œnico antecedente caballeresco anterior al siglo xiv lo constituye la Gran conquista de ultramar que retoma aquello de la "materia de Francia" que pod’a ser adaptado a lo divino, es decir, la caballer’a cruzada y m‡s precisamente la gesta de Godofredo de Bull—n. Lo dicho explica la estructura del c—dice del Escorial: una simbiosis perfecta entre la tradici—n religiosa (y su imaginario) y la ficci—n literaria. As’ pues, encontramos 4 vitae (Estoria de santa Mar’a Egipc’aca -pecadora redimida gracias a su conversi—n y a una serie de pruebas-; santa Mar’a Madalena; santa Marta y Santa Catalina) y 5 romans de tipo "caballeresco-hagiogr‡fico". Estos romans siguen casi todos un mismo esquema. Son importados de Francia y adaptados al ‡mbito castellano en funci—n de lo que sus "adaptadores" pretenden demostrar a saber: a) las vicisitudes de la reina Mar’a de Molina; b) un orden fuera de su orden y que necesita recobrarlo; c) criticar una injusticia y una maldad fundamentales como causadoras de todos los desordenes. En semejante contexto, el predominio e incluso protagonismo de las figuras femeninas es patente. En cuanto al esquema seguido, nos encontramos con: a) Abandono voluntario o involuntario (casos de difamaci—n) de la situaci—n de alto rango ocupada por el/los protagonistas; b) Calamidades, vicisitudes que ha de padecer el protagonista; c) Reinserci—n, generalmente, tras la intervenci—n divina y una serie de anagn—risis, etc. Este esquema entronca, al fin y al cabo, con el de los recorridos inici‡ticos en la literatura tradicional. Y, en efecto, al final de cada uno de esos cuentos siempre se consigue algo nuevo, diferente, no es una vuelta a empezar. El recorrido sirve para realizar algœn tipo de ascenso: todos tanto los buenos como los malos experimentan un cambio, ya sea "purificaci—n", "condena" o "santificaci—n". Por otro lado, estos primeros "libros de aventuras" caballerescas siguen el modelo de la "novela bizantina". Algunos de los "cuentos" de este c—dice del Escorial (h-I-13) tendr‡n un Žxito sonado y ser‡n le’dos durante dŽcadas. Es el caso del Cavallero Pl‡cidas que es la adaptaci—n de una Vie de saint Eustace en prosa del siglo xiii. La versi—n castellana basa su originalidad en la importancia dada al personaje de Te—spita y a las vicisitudes de la pareja con sus dos hijos: los pierden, la pareja es separada, la familia vuelve a reunirse mucho m‡s tarde... un entramado narrativo en el que se vislumbra, por supuesto, la base de la historia de Zifar y Grima, una fuente claramente aludida en el Zifar que es, como sabemos, un producto del mismo entorno cultural, algo posterior cuya gŽnesis se extiende con toda probabilidad hasta los a–os de plena madurez del proyecto pol’tico sobre la caballer’a de Alfonso XI. Es en este contexto de los a–os 1340 cuando surge asimismo el Amad’s primitivo (el de los dos primeros libros) donde aparece un concepto de la caballer’a muy pr—ximo al del Zifar. Habida cuenta de que esta literatura se configura a partir de los modelos franceses, tampoco ha de extra–arnos que inmediatamente despuŽs de los primeros textos hagiogr‡fico-caballerescos del h-I-13, es decir en las primeras dŽcadas del siglo xiv, se realicen las primeras adaptaciones ibŽricas del ciclo artœrico, en particular, a partir de la Post-Vulgata (Estoire dou Graal) que es la vertiente textual utilizada en Castilla con preferencia, como lo demuestra la traducci—n hecha en el siglo 14 por fray Juan Bivas. Desgraciadamente, nada se ha conservado de estos primeros testimonios de la literatura artœrica castellana que conocemos, sin embargo a partir de copias y adaptaciones del siglo 15 que de alguna manera dan cuenta de la vigencia de los gustos literarios de los castellanos. Todas estas obras, las traducciones del siglo 14 como las adaptaciones del 15 introducen y desarrollan en la pen’nsula la fruici—n por las novelas caballerescas, en las que destacan hechos de armas incre’bles, una presencia casi constante de lo maravilloso y la magia y la fuerza de la pasi—n amorosa como motor de las acciones del hŽroe pero tambiŽn, en algunos casos de sus sufrimientos. Aunque, a pesar de todo, una de las caracter’sticas de la visi—n caballeresca del amor es que en estas novelas, contrariamente a lo que ocurrir‡ con la ficci—n sentimental de finales del 15, el amor del caballero heroico siempre triunfa. Tratamientos aut—ctonos: se trata esencialmente de dos obras, el Libro del Caballero Zifar y el Amad’s de Gaula primitivo. El Zifar es una obra muy interesante puesto que mezcla varias tradiciones y varios gŽneros (lo caballeresco con lo did‡ctico). Es una mezcla de lo que a la saz—n pod’a aparecer como m‡s tradicionalmente aut—ctono (el recurso a las formas did‡cticas del discurso: exemplum y sentencias, de origen oriental, t’picos del siglo 13 castellano) y por otro lado las formas literarias nuevas importadas de Francia (el "cuento" caballeresco con los "entrelazamientos narrativos" de diversas historias). Del Amad’s hay varias versiones, desde mediados del siglo 14 hasta finales del siglo 15, con la versi—n "definitiva" de Montalvo que, de alguna manera, hace desaparecer y conserva a la par las anteriores. DespuŽs de Montalvo, el Amad’s se convierte en el modelo perfecto de "libro de caballer’as" tal como dicho gŽnero florecer‡ en el siglo 16. Frente a dicho modelo, el siglo 15 generar‡ otro paralelo, inspirado por la cr—nica particular, el que Mart’ de Riquer ha venido en llamar "novela caballeresca", mucho m‡s realista y veros’mil, "historia fingida" sobre un "cimiento de verdad", como dir’a Montalvo, y cuyo modelo genial saldr‡ de la imaginaci—n de un caballero valenciano, Joanot Martorell. Ser‡ Tirant lo blanc (pronto traducido al castellano como Tirante el blanco) que gracias a su verosimilitud se salvar‡ de las llamas prendidas por el cura y el barbero de Don Quijote.
No cabe duda de que esta literatura caballeresca de aventuras (a la que hay que a–adir subgŽneros como los "libros de viajes" -vŽase la recientemente publicada monograf’a de L—pez Estrada- o los textos de rituales caballerescos (como las relaciones de "pasos de armas", cartas de desaf’o...) era, en cuanto a la prosa la de mayor Žxito. Tanto es as’ que ciertos cr’ticos han llegado a afirmar que la llamada "ficci—n sentimental" del siglo 15 no es sino la concentraci—n sobre las cuestiones morosas de la literatura caballeresca. De hecho, el asunto no es tan sencillo. Hay que tomar en cuenta una gran encrucijada de influencias para entender lo que al fin y al cabo es la mayor "invenci—n" de la prosa castellana de ficci—n del cuatrocientos.
El universo de la poes’a cancioneril fragua la evoluci—n hacia una prosa sentimental. Esta poes’a presupone una cultura de corte y quien dice cultura de corte en la edad media dice una revitalizaci—n de la "cortes’a", tal como se gest— en las cortes francesas de los siglos 12 y 13. Se trata por tanto de una cultura del amor. ƒsta es la que desemboca en este verdadero boom de la poes’a l’rica que invade las cortes de los reyes Trast‡maras, una poes’a adem‡s que va abandonando la expresi—n galego-portuguesa, sin duda a ra’z del sentimiento antiportuguŽs de la corte de Enrique II y Juan I (pensemos en la derrota castellana de Aljubarrota), para crear una l’rica cortŽs por vez primera propiamente castellana y en castellano. Estos poemas de amor sin duda recitados en el transcurso de las reuniones cortesanas, pero tambiŽn otras composiciones con otras tem‡ticas (religiosas, filos—ficas y morales, sociales, poŽticas, burlescas...) son recogidos en manuscritos de recopilaci—n de obras diversos a los que llamamos "cancioneros". De ah’ el nombre genŽrico dado a esta poes’a: "poes’a de cancionero" o "l’rica cancioneril". Son muchos los cancioneros que desaparecieron puesto que pudieron ser "obras" de circunstancia, recopilaciones ef’meras. Sin embargo se ha conservado m‡s de un centenar de ellos entre obras manuscritas e impresas. La mayor recopilaci—n de poemas del siglo 15 sali— a la imprenta a principios del siglo 16, se trata del Cancionero general de Hernando del Castillo, publicado en Valencia en 1511.
La importancia de la tem‡tica amorosa en la producci—n poŽtica cortesana del siglo 15 llev— sin duda a algunos autores a poner en prosa la concepci—n del amor expresada por la poes’a y a escenificar con un entramado narrativo las mismas situaciones y experiencias amorosas que expresan los poemas. Podr’amos entonces hablar de una especie de "prosificaci—n" o puesta en narraci—n de la l’rica cancioneril. En cualquier caso, no cabe la menor duda de que estamos hablando de un mismo universo social y cultural. Los primeros autores son pues los poetas de la corte que a su vez nos han dejado canciones de amor recogidas en los cancioneros. Es por tanto una prosa, no de prosistas, sino de poetas, de esos nuevos trovadores de las cortes de los Trast‡mara. El ejemplo m‡s patente acaso lo constituya Juan Rodr’guez del Padr—n, "trovador" gallego al servicio de reyes y se–ores, cuya vida se convertir‡ pronto en leyenda (se le atribuyen apasionados amores con la reina, etc.). Pues bien, este trovador es adem‡s el primer autor de una "ficci—n sentimental", con su Siervo libre de amor (hacia 1439). Se trata aœn de un libro heterogŽneo y complejo, muy marcado por el alegorismo poŽtico y por la representaci—n cortŽs del amor (penitencia de amor...) as’ como por un estilo muy pr—ximo al de la expresi—n poŽtica. Pero en su nœcleo central, el Siervo libre nos cuenta una historieta sentimental, especie de novella (as’ queda, por cierto, definida en el libro[1]) como podr’amos encontrarla en el Decameron de Boccaccio (ver infra). Se trata de la Estoria de dos amadores, Liessa e Ardanlier. Este gŽnero que aparece en el 15 est‡ adem‡s vinculado al mismo universo de recepci—n que el de la poes’a, es decir el entretenimiento de los miembros de la corte en quien se supone se halla la "cortes’a". En otras palabras, al igual que la poes’a de cancionero, la prosa sentimental nace "de", "en" y "para" la corte. Por fin, la presencia de los poŽtico es incluso textual: muchas de estas obras son prosimetros, es decir mezcla de prosa y verso (Siervo libre de amor, Triste deleytaci—n, Arnalte y Lucenda...). Por consiguiente, el espacio literario de la l’rica cancioneril y el de la ficci—n sentimental son absolutamente confluyentes; es m‡s son producciones de un mismo mundo social y literario. No es de extra–ar, pues, no s—lo que traten de los mismos temas y con el mismo concepto, con el mismo esp’ritu (el del amor neocortŽs cancioneril), sino que se trasladen a la prosa los "debates" y las "cuestiones" cortesanas sobre temas relacionados con el amor, expresados con los intercambios de coplas que recogen los cancioneros. Podemos hablar del debate sobre las mujeres, que no abandona a la corte durante un siglo, entre antifeministas y profeministas, debate m‡s literario y lœdico que verdaderamente moral (para muchos autores se trataba de un ejercicio literario pues pod’an adoptar una posici—n y seguidamente la posici—n contraria). Citemos tambiŽn las querellas y juicios sobre y contra el Amor, como ente personificado (gran se–or, dios...). El Triunfo de amor de Juan de Flores es buen ejemplo de estos "ejercicios" lœdico-literarios cortesanos.
La poes’a l’rica es la expresi—n de la conciencia, del "yo". El poema o la canci—n de amor son siempre, en principio, la expresi—n poŽtica de una experiencia amorosa real o imaginaria, propia (que es lo m‡s corriente) o de un pr—jimo real (mecenazgo). La gran diferencia entre la poes’a l’rica y la ficci—n sentimental estriba precisamente en lo que da nombre a esto œltimo, la dimensi—n ficticia. Lo que aporta este gŽnero es precisamente el concepto de "ficci—n literaria", es decir la invenci—n de unos personajes con una configuraci—n sicol—gica altamente significativa, que se mueven en una "historia" cuyo desenlace es tambiŽn altamente significativo. El poema es un gozo personal en el instante o la expresi—n de un sufrimiento. La novela lleva a cabo una completa evasi—n en la duraci—n. Todo esto nos remita a toda una serie de fuentes diferentes de las poŽticas que explican el origen preciso de esta ficci—n sentimental.
Novela caballeresca:
Tenemos por un lado los episodios amorosos de la literatura caballeresca, en particular las obras del ciclo artœrico donde abundan los encuentros amorosos. Pero el paso a la ficci—n sentimental es la adaptaci—n de los episodios amorosos a un contexto no Žpico: mayor refinamiento, mayor protagonismo de la mujer, acci—n basada en el servicio cortŽs a la dama, lejos de los deseos carnales. Parece como que se haya querido retomar el amor de los libros de caballer’as pero visto o analizado desde el punto de vista de un pœblico femenino. En las novelas caballerescas el hŽroe no puede sino ser un puro objeto de deseo amoroso por parte de las damas y doncellas. Por esa raz—n aunque los enamorados puedan tener dificultades, generalmente vinculadas al car‡cter il’cito de sus relaciones (adulterio, amor fuera del matrimonio...), de lo que se trata es de mostrar la fuerza y el triunfo del amor, segœn la vieja frase atribuida a Virgilio, "omnia vincit amor", "todo lo vence el amor". El amor de las novelas caballerescas es "heroico" porque, al igual que el protagonista, siempre acaba triunfando. El modelo "feminizado" del amor segœn la ficci—n sentimental ser‡, en este aspecto, diametralmente opuesto: se trata de un amor basado en el car‡cter asint—tico del deseo. El hero’smo de los protagonistas residir‡, precisamente, en el sacrificio del amor y no en su realizaci—n. Contrariamente a lo que ocurre en los "cuentos" e "historias" caballerescas, en la ficci—n sentimental nunca los amantes fueron felices ni comieron perdices.
Ficci—n epistolar:
Para operar esta adaptaci—n se cruzan otras influencias literarias. En primer lugar tenemos la influencias del gŽnero epistolar sentimental y, concretamente, el modelo del mismo que es la ficci—n epistolar latina. Las Heroidas de Ovidio acaso sean el mejor ejemplo de dicho gŽnero: se trata de 21 cartas de amor, sobre todo de la enamorada a su amante. Al formar parte del gŽnero eleg’aco son cartas de amor frustrado, de amor imposible a causa de la distancia o del olvido, de la traici—n de uno de los amantes o de un contexto pœblico que no permite dicho amor. La influencia de las Heroidas en la literatura medieval es enorme (cf. los procesos de lectura e imitaci—n en las escuelas). Pero la gran novedad del siglo 15 es que estos textos saltan a la escena de la corte pues de pronto tienen un pœblico dispuesto a recibir y a apreciar su mensaje. As’, por ejemplo, el mismo Juan Rodr’guez del Padr—n, antes citado, va a realizar una especie de traducci—n al castellano de las Heroidas, es la obra llamada El Bursario. La huella m‡s visible de esta influencia en la ficci—n sentimental, amŽn de los aspectos tem‡ticos (amor desafortunado, etc.) se halla en el recurso al intercambio epistolar, bastante frecuente en las obras castellanas: los protagonistas suelen intercambiar cartas, tra’das y llevadas por el personaje central que sirve de v’nculo entre ambos, amigo o confidente que a menudo llevar‡ en la obra el nombre de "autor", es decir "narrador": l—gicamente ello permite resolver el problema de la verosimilitud de una narraci—n. Ese narrador en 3» persona puede convertirse entonces en una especie de testigo ocular veros’mil de lo acontecido a cada uno de los protagonistas, l—gicamente separados uno de otro.
Novella italiana:
Por fin, hemos de hablar de la influencia italiana. All’ se fragu— un gŽnero que acabar‡ configurando de manera definitiva nuestra ficci—n sentimental castellana. Se trata de la novella, concretamente en su vertiente sentimental, de la que el mejor exponente es el escritor florentino Giovanni Boccaccio (1313-1375) con obras como Madonna Fiammetta o el Filocolo, pero tambiŽn las novelillas sentimentales que aparecen en diferentes jornadas del magno y genial Decameron, novela que encaja un centenar de cuentos o historietas, distribuidos en diez jornadas de manera tem‡tica. A pesar de que todo nos lleva a suponer una influencia de Boccaccio en un autor como Rodr’guez del Padr—n, dicha influencia es evidente y palpable textualmente en los autores de la segunda generaci—n de la ficci—n sentimental, Diego de San Pedro y sobre todo Juan de Flores, el m‡s boccacciano de los autores de ficci—n sentimental. Con Boccaccio estos autores descubren una prosa tan intensa como breve, los refinamientos del an‡lisis psicol—gico de los personajes, el mon—logo erudito y la ficci—n autobiogr‡fica, totalmente ausente hasta ese momento de las letras castellanas, con la excepci—n de una obra tan particular como el Libro de buen amor del Arcipreste de Hita. De Italia lleg— tambiŽn una obra fundamental para fijar las pautas del gŽnero: la Historia de duobus se amantibus (1444) de ®neas Silvio Piccolomini que se tradujo r‡pidamente al castellano con el t’tulo de Historia de dos amadores.
A pesar de las grandes diferencias que se pueden observar entre las distintas obras del gŽnero se trata de un relato relativamente corto, mayoritariamente en prosa. La historia versa sobre los amores generalmente desafortunados entre dos personajes nobles (a menudo una doncella o princesa y un caballero). Esquema argumental: el caballero queda enamorado al ver a la joven y solicita sus amores. Suele entonces aparecer un intermediario que pasa a convertirse en el narrador del relato ("autor"): es el encargado de realizar la comunicaci—n entre los amantes a travŽs del intercambio epistolar. Suele adem‡s existir algœn elemento externo o interno a la relaci—n (por ejemplo la ausencia de amor en la doncella) que vuelve imposible la realizaci—n er—tica plena. Pr‡cticamente todas estas obras son pues una celebraci—n del amor imposible.
Padr—n, del que ya hemos dicho algunas cosas fue un modesto hidalgo gallego de la corte de Juan II. Tras una ajetreada vida sentimental y amorosa en dicha corte acaba entrando en 1441 al servicio de la orden franciscana. Se le suponen contactos culturales con Italia y algunos han llegado a afirmar que conoci— a Piccolomini. Nos ha dejado una serie de poemas de cancionero, la traducci—n de las Heroidas de Ovidio (El Bursario) a las que a–ade tres cartas suyas, el Triunfo de las donas -tratado en defensa de las mujeres- y la Cadira del honor, un interesant’simo panfleto contra las ideas de Bartolo de Sassoferratto sobre la nobleza. Padr—n aboga por la postura tradicional, es decir la defensa de la nobleza de linaje. Por fin, el Siervo libre de amor (ca 1439) que es hist—ricamente el texto castellano m‡s antiguo que podamos calificar de "ficci—n sentimental". Es una obra tanto m‡s enigm‡tica cuanto que ha llegado en una copia œnica bastante defectuosa que acaba de manera bastante abrupta. Sin embargo, parece que fue ideada por su creador de manera bastante organizada con tres partes claramente definidas. Se trata de tres partes genŽricas: 1. una confesi—n sentimental en 1» persona; 2. un tratado te—rico sobre el amor y 3. una novella sentimental. Padr—n ha querido dar a estas 3 partes una divisi—n m‡s bien tem‡tica:
1. "Bien amar e ser amado": relaci—n del "proceso de cartas de amores" entre el "autor" y su dama. La prosa sirve para introducir una serie de poemas de amor en los que el "autor" requiebra a su dama y celebra los gozos del amor.
2. "Solitaria e dolorosa contempla�i—n" (amar sin ser amado) : la traici—n de un amigo desleal hace pœblicos los amores con la dama de alta alcurnia (tema trillad’simo en la literatura sentimental cortŽs europea) lo cual implica que ante esta "traici—n" del amante (los amores deb’an ser secretos) pone un tŽrmino a las relaciones. Empiezan a partir de ah’ una serie de divagaciones poŽticas por bosques y selvas solitarios (tema de la correspondencia entre el estado psicol—gico del poeta y la naturaleza). La desesperaci—n es tal que casi provoca el suicidio. Se a–ade entonces a modo de ilustraci—n la novella de Liessa y Ardanlier:
3. La "estoria de dos amadores" (Liessa y Ardanlier): se trata de dos j—venes enamorados que escapan para vivir su amor felizmente en el espeso bosque salvaje. Un d’a el padre de Ardanlier, el rey Croes, da con los perros de caza de su hijo y los sigue por el bosque. Llega hasta la morada donde se halla indefensa la joven y fr‡gil Liessa. El padre amenaza a la joven y Žsta pide clemencia confesando que est‡ embarazada. Pero el padre se siente deshonrado y no atiende a razones, con lo que desenvaina su espada y con ella traspasa a la vez el cuerpo de su nuera y de su nieto. Tras el crimen desaparece antes de que regrese Ardanlier. Cuando Žste llega encuentra el cuerpo sin vida de su amada y decide poner fin a sus d’as con la misma espada. Cuando se hace pœblico el triste fin de los "dos amadores" se les edifica un hermoso sepulcro donde puedan descansar juntos en paz y que pronto se convertir‡ en lugar m‡gico de peregrinaci—n para todos los leales enamorados del mundo.
Se trata por lo tanto de una muy poŽtica apolog’a del amor en acorde con los gustos de la corte de Juan II, la "m‡s enamorada" y artœrica corte de las que conociera la Castilla bajomedieval. Al final de la obra se vuelve al relato del "autor" quien da con una extra–a nave aleg—rica guiada por la dama SindŽresis que simboliza el arrepentimiento y la aptitud para distinguir el bien del mal o juicio correcto, acertado (que es una de las definiciones de la virtud de "prudencia"). As’ que acaba como una especie de recorrido inici‡tico hasta cierta forma de sabidur’a.
En el fondo, Padr—n no es exactamente un innovador si analizamos cada uno de los elementos que forman su novela: encontramos los temas clave de la amatoria cancioneril; la simb—lica caballeresca; el amor cortŽs con la necesidad del secreto; la crueldad del padre inspirada en la novela artœrica... Pero quŽ duda cabe que el hecho de reunir todos estos elementos en un conjunto homogŽneo y estructural es algo nuevo. Adem‡s todo ello viene conjuntado gracias a un hilo narrativo y argumental que es el relato del "autor". En este sentido, Padr—n se convierte en un verdadero precursor de la evoluci—n de la prosa en la Castilla de la segunda mitad de siglo. Al primer intento de Padr—n hay que a–adir la Satira de felice e infelice vida del Condestable Dom Pedro de Portugal, obra erudita que es un remedo del tema tan trillado de la "belle dame sans merci". En el ‡mbito aragonŽs surge otra obra con relaci—n a este gŽnero incipiente. Se trata de la an—nima (aunque gracias a las iniciales F.A.D.C. se supone que se trata de Fra Artal de Claramunt, amigo del pr’ncipe de Viana) Triste deleytaci—n, compleja obra prosimŽtrica en 1» persona con una fuerte carga aleg—rica y que detr‡s del "auto de amores" bien podr’a constituir un relato en clave sobre los acontecimientos pol’ticos relacionados con los derechos del pr’ncipe Carlos de Viana o de Navarra.
Estas tres obras conforman lo que podr’amos llamar la 1» generaci—n de la ficci—n sentimental que se desarrolla en el contexto de los reinos de Juan II y Enrique IV, ambos muy dados a los placeres cortesanos. Se trata de un gŽnero aœn en gestaci—n. Poco separado todav’a de sus fuentes m‡s inmediatas, en particular el universo poŽtico de los cancioneros y su concepci—n neo-cortŽs del amor. Poco a poco, la prosa va a conquistar mayor autonom’a con los dos grandes escritores de la segunda generaci—n: Juan de Flores y Diego de San Pedro.
Tenemos pocos elementos seguros sobre la biograf’a de Juan de Flores pues se han encontrado unos cuantos "Juan de Flores" en la segunda mitad del siglo 15. El autor parece estar vinculado a los duques de Alba y a los Reyes Cat—licos en los primeros tiempos de su reinado. Flores, efectivamente, lleg— a ser el autor de una Cr—nica incompleta de los reyes cat—licos que queda interrumpida ex abrupto en el a–o 1477 (acaso por muerte o enfermedad del autor). Sus otras obras son:
Triunfo de amor: de ’ndole universitario-cortesana. Es una especie de parodia universitaria de la literatura aleg—rica sentimental basada en la disputa entre los partidarios del se–or o dios Amor y sus adversarios (los que aquejados por el amor han decidido combatirlo). Se desencadena as’ un terrible conflicto bŽlico. Amor es hecho prisionero, juzgado y condenado a muerte. Flores entonces nos puede pintar ir—nicamente el espanto de un mundo sin amor lo cual lleva a la resurrecci—n de Amor, con claras resonancias cristianas. Tenemos incluso elementos carnavalescos, pues se nos pina un mundo al revŽs por ejemplo cuando se decide que ser‡n las mujeres quienes deban cortejar a los hombres y no lo contrario como se sol’a hacer. El Triunfo de Flores no es propiamente una ficci—n sentimental ya que apenas respeta los par‡metros formales e ideol—gicos del gŽnero. Est‡ m‡s bien envuelto en el marco de las disputas y de los debates aleg—ricos en una atm—sfera que, como la de muchos poemas de cancionero es eminentemente lœdica, es decir de entretenimiento. La alusi—n en el texto "al rey de Castilla" sugiere una fecha de composici—n anterior a 1474, fecha de la muerte de Enrique IV. Si se hubiera tratado de Fernando hubiera aparecido como "rey de Arag—n" o, a lo sumo, "de Arag—n y Castilla", aunque lo frecuente era utilizar el plural "los Reyes" o "la reina", si se trataba s—lo de Castilla. Sus obras, posiblemente "posteriores" son bastante diferentes.
Grisel y Mirabella (tal vez hacia 1480): parte de una de las novelas del Decameron de Boccaccio, la 1» de la 4» jornada, es decir la triste historia de Giscardo y Guismunda. Tancredo, pr’ncipe de Salerno mata al amante de su hija Guismunda y le lleva el coraz—n del joven difunto. La enamorada lo toma, lo mezcla con agua envenenada y bebe la mezcla para darse la muerte. Flores cambia bastante este argumento. Grisel , caballero, y la princesa Mirabella son dos amantes secretos. Al ser sorprendidos se inicia un largo juicio para saber quiŽn tiene m‡s culpa en el inicio del amor, el hombre o la mujer (cf. debate cortesano sobre las mujeres). La causa de las mujeres es defendida por Bra�ayda mientras que la de los hombres es defendida por Torrellas (personaje que alude al poeta catal‡n hom—nimo que se hab’a hecho famoso a causa de unas coplas contra las mujeres). Con un tribunal compuesto exclusivamente de hombres, como lo hace observar Bra�ayda, l—gicamente, triunfan Žstos y las mujeres son declaradas culpables de provocar el amor. Ello significa que ser‡ la pobre Mirabella quien, a pesar de ser hija del rey, deba pagar por ello con su vida. Pero Grisel no lo permite y para evitar el cumplimiento de la condena decide darse la muerte. Gesto desesperado e inœtil ya que sin Grisel, Mirabella no desea vivir y se tira desde lo alto de una torre al foso donde es, adem‡s, devorada por los leones de su padre el rey. La historia no acaba aqu’ pues Flores debe contentar a su pœblico esencialmente femenino: despuŽs del juicio, resulta que Torrellas se enamora de Bra�ayda que puede as’, con la complicidad de la reina y las otras damas, tenderle una trampa de la que no saldr‡ con vida: creyendo que va a gozar a Bra�ayda en un lugar secreto, en realidad es agredido por todas las damas, atado, desnudado y torturado lentamente hasta la muerte. El cuerpo es luego quemado y las damas se reparten las cenizas y las guardan en una especie de relicario en forma de medall—n que se ponen alrededor del cuello en recuerdo de su para ellas justificada venganza.
Breve tratado de Grimalte y Gradissa (seguramente, poco antes de 1486): la huella de Boccaccio sigue siendo importante puesto que esta obra es una especie de continuaci—n de la historia de la Elegia di Madonna Fiammetta. Un tal Grimalte que hace la narraci—n en 1» persona dice tener una "amiga", Gradissa, a quien da a leer el libro de Fiammetta (la obra de Boccaccio). Indignada por el final de la novela (se trata de una mujer casada que se enamora de P‡nfilo, poniendo en entredicho su honra, y al cabo de un tiempo es enga–ada por el inconstante que desaparece supuestamente para cuidar de su padre cuando en realidad se ha enfriado su sentimiento amoroso y al poco tiempo se enamora de otra mujer, quedando la pobre Fiammetta de lo m‡s escarnida), Gradissa impone a Grimalte una singular prueba de amor: deber‡ ir en busca de los personajes de la novela y conseguir que vuelvan a amarse. Al cabo de muchos viajes y no pocos sinsabores consigue Grimalte dar con Fiammetta y, m‡s tarde con P‡nfilo. Se entrevista con uno y otro y hasta consigue que Žstos vuelvan a verse, pero en vano. Fiammetta acaba muriendo de dolor. Esta muerte tendr‡ un efecto catalizador pues entonces P‡nfilo toma conciencia de la fuerza del sentimiento amoroso de la due–a y ro’do por el remordimiento decide ir a vivir como salvaje por los desiertos de Asia donde, para colmo de desgracias, se le aparece cada noche el fantasma de su antigua amada a quien persiguen monstruos infernales. En cuanto al pobre Grimalte, embajador desafortunado, escribe a Gradissa para dar cuenta de su fracaso y anunciarle su intenci—n de reunirse con P‡nfilo en su insoportable purgatorio en vida.
En estas dos obras aparecen las caracter’sticas de las novelas de Flores: cierta exageraci—n en los asuntos violentos y en desenlaces dram‡ticos, incluso fœnebres o macabros. Un argumento simple y conciso que viene subordinado a largos procesos dial—gicos : se trata de grandes parlamentos o razonamientos de los personajes a travŽs de los cuales trasluce un prosista confirmado (mientras que Padr—n, por ejemplo, es mucho m‡s escueto y poŽtico). El œltimo elemento caracter’stico es la presencia incuestionable de una tradici—n literaria, sobre todo la de Boccaccio, por ejemplo con los diferentes niveles literarios de Grimalte que, al mismo tiempo, resultan de una perspicaz lectura de la obra del italiano. Efectivamente, Flores no hace sino continuar la convenci—n de ficcionalidad impuesta por Boccaccio en su Fiammetta. Curiosamente, el protagonista de Boccaccio asume todas las funciones literarias: la de narrador en 1» persona, desde luego, pero tambiŽn y sobre todo la de "autor". Dentro del espacio textual Boccaccio no existe mientras que el personaje "Fiammetta" se declara autora del texto que sigue para el cual quiere, como lo dice en una especie de "falso" pr—logo, la mayor difusi—n posible entre las mujeres con el fin de que les sirva de exemplum y de escarmiento ante los peligros del amor. Ante tal convenci—n, l—gicamente cualquier lector de la novela -como por ejemplo Gradissa- ha de considerar que Fiammetta es un personaje de carne y hueso al que se puede buscar y encontrar. De ah’ esa ya menos peregrina demanda encomendada al bueno de Grimalte.
Las obras de Flores obtuvieron un Žxito bastante sonado, sobre todo despuŽs de su impresi—n (LŽrida, 1496), renovada durante el Renacimiento. En el siglo 16 se leyeron por toda Europa y fueron traducidas a las principales lenguas de Europa (italiano, francŽs...).
Parece que form— parte de la corte de los Reyes Cat—licos sirviendo a grandes familias como los Gir—n. Se trata de un poeta t’pico de la œltima generaci—n de la poes’a de cancionero (complicaci—n formal, paradojas, contradicciones, juegos de palabras, agudezas...). Como prosista tuvo mucha m‡s originalidad pues es Žl mismo quien ha fijado con mayor exactitud lo que ser’an luego las pautas genŽricas de la ficci—n sentimental. Sus dos novelas y concretamente C‡rcel de amor, ser‡n los modelos del gŽnero.
Tratado de amores de Arnalte y Lucenda (hacia 1491): San Pedro aparece como "autor" es decir como narrador. Hay pues una forma de ficci—n autobiogr‡fica ya que se supone que viaja por sierras deshabitadas y llega hasta una negra morada donde se encuentra con un extra–o personaje quien le propone contarle la historia de sus amores con una dama llamada Lucenda si el autor acepta antes componerle un paneg’rico a la reina Isabel. El autor lo hace, tras lo cual Arnalte podr‡ iniciar el relato de sus peripecias por ver a Lucenda, por hablarle , por enviarle cartas, buscar entrevistas... TambiŽn le cuenta c—mo solicita la ayuda de un amigo suyo, Elierso, quien se mostrar‡ tan sol’cito ante Lucenda que provocar‡ su amor s’, pero hacia el emisario y no hacia el emisor. Cuando van a casarse Lucenda y Elierso, Arnalte, enfurecido se bate en duelo con el amigo traidor y lo mata. Es entonces cuando el amor de Lucenda se convierte en algo totalmente imposible. ƒsta se encierra en un convento y a Arnalte no le queda m‡s remedio que aislarse en las monta–as.
C‡rcel de amor (publicado en 1492): el narrador se encuentra con el personaje de Leriano en una escena bastante aleg—rica en la que aparece dentro de una singular comitiva que lo lleva preso y encadenado (se trata de una met‡fora de la pasi—n y el deseo con personajes simb—licos tradicionales como los hombres salvajes). El autor decide ayudar a Leriano para que pueda salir de esa "c‡rcel" en la que ha ca’do a causa de su amor por Laureola. As’, el autor har‡ de medianero intentando conseguir algœn motivo de esperanza por parte de la amada. Pero Žsta resulta inflexible. S—lo ante la amenaza del suicidio acepta contestar a las cartas de Leriano. As’ puede sanar un tanto el caballero y presentarse a la corte. El cruce de miradas entre ambos, en ese espacio tan pœblico que resulta ser la corte produce rubor y desaz—n en ambos, lo cual es observado por el intrigante y maldiciente Persio que aprovecha para acusar injustamente a Laureola de mantener relaciones secretas con Leriano. Aquilata su acusaci—n comprando dos falsos testimonios. Ello es suficiente para que Laureola sea encerrada en lo alto de una fr’a torre. De manera altamente caballeresca, Leriano intenta probar la inocencia de su amada a travŽs de unos duelos judiciales que no son aceptados por el rey. Entonces debe pasar a la acci—n bŽlica y levanta un ejŽrcito para liberar a la joven. En el transcurso de la acci—n se sabe la verdad, los enredos de Persio y los falsos testigos y adem‡s se consigue la caballeresca liberaci—n por las armas de Laureola. ƒsta queda, por lo tanto, limpia de la mancha impuesta por Persio. Pero la gran paradoja -sobre todo si comparamos esta novela con episodios an‡logos del Amad’s de Gaula- es que a pesar de que ha sido liberada por Leriano, ella no puede manifestar hacia Žste el menor reconocimiento ni el menor sentimiento amoroso porque, de lo contrario, su comportamiento le dar’a raz—n a la acusaci—n de Persio o por lo menos levantar’a sospecha. Con lo cual el amor es, de nuevo, un imposible. Desesperado, Leriano no tiene m‡s remedio que encerrarse en su casa y estirarse en su lecho hasta la muerte, que le llega en poco tiempo, pensando en el sublime amor que profesa hacia su dama venerada. Esta obra tuvo tambiŽn un sonado Žxito y hasta se lleg— a escribir una continuaci—n.
[1]. Podemos leer al final de la historia la rœbrica siguiente: "Aqu’ acaba la novella". Cf. Juan Rodr’guez del Padr—n, Siervo libre de amor. Ed. de A. Prieto. Madrid: Cl‡sicos Castalia, 1986, p. 107.